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EL TEATRO
DE 1900 a 1917.
Para el año 1900 la actividad escénica de
la ciudad de Guatemala se hallaba centrada en el Teatro
Colón que contaba para entonces con 41 años de existencia, y
cuya actividad a través de cuatro décadas había cobrado
bastante regularidad. En efecto, el cambio de siglo tomó
a la vida escénica del Teatro Colón en gran auge; puede
decirse que en su zenith. Más allá de ese quehacer
escénico que giraba al rededor de operetas, óperas y
zarzuelas, presentadas por compañías extranjeras, casi no
había ninguna otra actividad teatral en la ciudad de
Guatemala, como no fuese algún acto escolar.
El jueves 4 de enero de 1900 es la fecha
que marca el inicio de la actividad del Teatro Colón en el
siglo XX con la ópera Lucia de Lammermoor, de Gaetano
Donizetti, presentada por una compañía visitante, bajo la
dirección artística de Ángel Disconzi, un músico italiano
que desde 1898 vivía en Guatemala como director del
Conservatorio. Esta temporada con la que se abrió el siglo
tuvo como piezas centrales Aída, de Giuseppe Verdi, y La
Bohème, de Giacomo Puccini, opera que entonces se estrenaba
en Guatemala y que fue la que más le gusto al público.
Piezas dramáticas propiamente dichas se
presentaban pocas en el Colón, si bien si había algunas
temporadas de compañías de teatro, como ese propio año,
1900, en la que el músico y empresario Ger mán
Alcántara hizo los arreglos para traer de México a la
compañía dramática de Matilde de la Rosa y José Sánchez, que
dio una estupenda temporada en la que sobresalió la obra
Tierra Baja, del dramaturgo catalán Ángel Guimerá
(1845-1924), en la versión en castellano de José Echegaray.
Esta pieza, estrenada en Barcelona en 1897, es una obra de
importantes valores escénicos, si bien enmarcada dentro de
un estilo de corte efectista o tremendista, en el sentido de
que apela demasiado a la emotividad de los espectadores.
Esta fue la obra favorita del público, que no recibió con
igual entusiasmo las otras obras que ofreció esta compañía,
que fueron El loco Dios, de José Echegaray (1832-1916);
Electra, de Benito Pérez Galdós (1843-1920); El señor feudal
y Juan José, de Joaquín Dicenta (1862-1917); y Los Galeotes,
de Serafín Alvarez Quintero (1871-1938). Es interesante que
Tierra Baja haya sido la obra favorita de la temporada;
interesante en tanto que se trata de una pieza que plantea
asuntos sociales -un poco en la línea de Fuenteovejuna de
Lope de Vega- que podrían haber provocado un cierto malestar
entre los sectores tradicionales de Guatemala; pero, por
otra parte, es entendible pues es una pieza que en el cambio
de siglo estuvo de moda en muchas ciudades.
Al año siguiente, 1901, Germán Alcántara
trajo a la compañía española de Francisco Benavides que
ofreció un repertorio nada novedoso, centrado en obras de
Echagaray. Esta compañía se disolvió en Guatemala, y aquí
quedaron los actores Teófilo Leal (venezolano) y Alfredo
Palarea (español). Ambos organizaron varios grupos de
aficionados en los años próximos; Palarea con el paso del
tiempo se caso con Adriana Saravia y procrearon una familia
muy aficionada al arte, cuyos miembros han tenido presencia
en varios grupos y compañías.
En cuanto a la actividad de los
guatemaltecos, debe anotarse que en 1902 el músico
quezalteco Pedro J. Vásquez estableció en la ciudad de
Guatemala la "Compañía Típica Nacional", que inició el
teatro musical en el país. Fue una compañía que presento
algunas operetas de repertorio internacional con no mucha
fortuna, pero descolló por presentar obras ligeras
confeccionadas por la propia compañía, como Entre Fronteras,
Si yo fuera presidente, Navidad y Juan Chapín.
Al inicio de enero de 1909 se abrió una
nueva sala de espectáculos en la ciudad de Guatemala, el
Teatro Variedades. No era tan grande como el Colón, pero por
su escenario desfilaron muchas e importantes compañías de
teatro. Estaba situado este teatro en el lado sur de la
sexta calle entre tercera y cuarta avenidas (más cerca de la
cuarta) de la zona central. A partir de la existencia de
este escenario las compañías dramáticas usualmente se
presentaban allí.
Se podría llenar muchas páginas enlistando
las operas y operetas que con bastante regularidad, hasta
diciembre de 1917, configuraban las temporadas del Teatro
Colón con empresas en gira; pero lo que aquí interesa de
manera especial son las compañías dramáticas, como la de
Francisco Fuentes y la de María Guerrero. Ambas compañías
estuvieron en Guatemala en 1909, y las actuaciones de una y
otra fueron importantes en el desenvolvimiento teatral de
Guatemala. Ambas se presentaron en el Teatro Variedades.
Quizás
lo más importante de la compañía de Francisco Fuentes fue lo
novedoso de algunos recursos técnicos que introdujo en
Guatemala, como la iluminación con candilejas situadas en
los extremos del proscenio en vez de únicamente al frente,
como era lo tradicional. Las obras de lucimiento de
Francisco Fuentes como actor fueron Las divinas palabras, de
Ramón del Valle Inclán (1866-1936); Como buitres, de Manuel
Linares Rivas (1867-1938); y, sobre todo, Cyrano de Bergerac,
de Edmond Rostand (1868-1918), en las que Fuentes se lucia
haciendo los personajes centrales. Fue, en general, una
temporada muy balanceada, en la que hubo varias obras muy
accesibles o ligeras que fueron los grandes éxitos de
público, a saber: Las aventuras del Nick Carter, pieza
policial de John R. Coryell (1851-1924), que tenía asegurado
el éxito puesto que Nick Carter era un personaje de folletón
juvenil, como años después seria Dick Tracy; la comedia
alemana Juventud de príncipe, de Wilhem Meyer-Forster
(1862-1934); Corazones de mujer, obra romántica de Santiago
Rusiñol (1861-1931) en versión de Gregorio Martínez Sierra
(1881-1947); y Madame sans gene, de Victorien Sardou
(1831-1908), una comedia situada en dos momentos de la vida
de Napoleón Bonaparte (cuando era teniente de artillería y
cuando era emperador); se presento sin traducir su titulo,
seguramente porque así era conocida internacionalmente, y se
mantuvo una semana con taquilla agotada. Un éxito recordado
por muchos años por el público que la vio, en parte debido
al lujo del vestuario.
La compañía española de María Guerrero se
presento con un repertorio centrado en obras de autores del
Siglo de Oro, como Lope de Vega y Calderón de la Barca, si
bien el éxito de público fue Locura de amor, de Manuel
Tamayo y Baús (1829-98). Esta compañía también escenifico la
pieza Los Conquistadores, del escritor peruano radicado en
Guatemala José Santos Chocano (1875-1934); obra que durante
los años que el autor vivió en España había sido estrenada
en Madrid, por otra compañía, el 7 de abril de 1906, con una
acogida muy pobre tanto de la critica como del público. En
Guatemala tuvo la misma acogida que en España: fría. Pero
siempre fue una oportunidad para que Fernando Díaz de
Mendoza (esposo de María Guerrero) diese una muestra de su
dominio escénico, interpre tando a Don García, un personaje
que es un conquistador español del siglo XVI pero con la
actitud y el discurso romántico del siglo XIX.
En 1910 estuvo por primera vez en
Guatemala la famosa actriz mexicana Virginia Fábregas, que
impactó tremendamente al público. Su compañía tuvo más
demanda de localidades que la de María Guerrero, muy
probableme nte
debido a que presentaba obras más del gusto general como
Mariana, de Echegaray; Magda, del alemán Hermann Sudermann
(1857-1928); y muy especialmente el melodrama La mujer X,
del francés Alexandre Bisson (1848-1912). Esta obra volvió a
ponerla en cartelera en la gira que hizo en 1922, con igual
éxito. A pesar de que a Guatemala viniesen compañías de la
alta calidad de las tres mencionadas anteriormente (Fuentes,
Guerrero, Fábregas), se mantuvo la característica de que la
actividad escénica con público más asegurado era la de
teatro lírico, y esto se mantuvo así hasta los terremotos de
diciembre de 1917 y enero de 1918 que dañaron seriamente el
teatro Colón, e hicieron imposible que allí se presentase
ningún espectáculo por el estado de maltrechez en que había
quedado. La demolición del edificio teatral no se efectuó
sino hasta 1922, después que una comisión técnica, compuesta
por los constructores Víctor Cottone, Gustavo Novella y
Cristóbal Azari, opinó que no era rentable reconstruir el
teatro y que lo razonable era demolerlo.
LA
ACTIVIDAD TEATRAL DESPUÉS DEL TERREMOTO (1918-21).
Los terremotos de diciembre de 1917 y
enero de 1918 dañaron muy seriamente a los tres teatros que
había en Guatemala: un pequeño Teatro Abril (inaugurado a
mediados de 1916), situado en la novena avenida y 13 calle,
y los dos más importantes, el Colón y el Variedades. Pero el
efecto de esta devastación fue complejo, y puede decirse que
la destrucción de 1917-18 resultó beneficiosa para el
desarrollo del teatro hecho por guatemaltecos, especialmente
en la línea de comedia.
En abril de 1918 surgió el Grupo Artístico
Nacional, que fue un haz de personas interesadas en el
trabajo escénico. Esta compañía de aficionados nació del
interés y el entusiasmo de Jesús Unda, Alberto de la Riva,
Augusto Monterroso, Guillermo Andreu, los hermanos Aragón y
las hermanas Spillari. Se trató de un grupo de personas
hermanadas no solamente por su afición al arte escénico,
sino, además, unidas en la tarea de buscar entretención ante
la adversidad, ya que la ciudad se hallaba tumbada en el
suelo. El grupo comenzó haciendo sus montajes al aire libre
o en el patio amplio de alguna casa que hubiese soportado
bien el embate del terremoto. El Grupo Artístico Nacional
tuvo la buena suerte de que en 1919 un teatro/cine, El
Renacimiento, se terminó de construir al otro lado de la
calle frente al frontispicio del dañado Teatro Colón (11
avenida entre novena y octava calles), y allí se consolidó
como una compañía de aficionados que se hizo de un público
fijo.
Al comienzo, este grupo únicamente se
centraba en montajes de teatro lírico y de comedias
extranjeras, especialmente españolas, pero al paso del
tiempo comenzaron sus integrantes a hacer montajes propios,
y Alberto de la Riva (1886-1956) se constituyó como el
comediógrafo del grupo. La característica que comportó el
quehacer de este grupo es que fue el embrión de la futura
dramaturgia en Guatemala. Con anterioridad al quehacer de
este grupo se escribían obras de teatro con muy poca
regularidad, dado que los autores nacionales no veían que
sus obras fuesen llevadas a escena. Esto explica que
potenciales dramaturgos como Manuel Zeceña y Juan de Dios
Sandoval estrenaron respectivamente Sangre Negra (1912) y La
puerta del abismo (1913), pero no continuaron escribiendo
teatro. Antes de la actividad del Grupo Artístico Nacional
únicamente Joaquín García Salas escribía con alguna
regularidad guiones para operetas con temas locales. En 1915
su libreto El timbre eléctrico tuvo varias presentaciones.
En 1919 ganó un certamen literario pero en la década de 1920
no escribió más.
Debido a las circunstancias en las que
nació el Grupo Artístico Nacional sus creaciones se
orientaron y centraron en la comedia. Alberto de la Riva
escribió obras ligeras, algunas veces basadas en asuntos de
la vida real como El crimen de la calle Marconi, y otras
piezas eran meramente comedias pero usualmente con alusiones
a situaciones del momento, tales como La opera de don Chus,
Los veinte pelones, El general Pherera, Los vampiros
humanos, y su éxito muchas veces vuelto a escenificar, La
Rafaila. Fue De la Riva un autor de gran sentido del humor
y que sabia como manejar el dialogo, y debiera de ser
bastante más conocido de lo que es; lamentablemente sus
libretos no se han conservado, e incluso la versión de La
Rafaila que volvió a ser montada en la Universidad Popular
al comienzo de la década de 1980 se trató de una versión
re-escrita por Enrique Wyld.
LA
ACTIVIDAD TEATRAL DE 1921 a 1944.
El año de 1921 conllevó algunos cambios
favorables en la situación del quehacer teatral en la ciudad
de Guatemala, debido a dos circunstancias: la primera que
entonces se conmemoraba el centenario de la independencia, y
el estado dio pequeñas subvenciones a los grupos de teatro:
el Grupo Artístico Nacional, la Compañía Lírica
Guatemalteca, y dos compañías de Teatro Infantil, una
dirigida por Marta Bolaños y la otra por María Magdalena
López (tía materna del dramaturgo Manuel Galich). Ninguno de
estos grupos de aficionados hizo ningún montaje que
trascendiera lo amateur. La segunda circunstancia que se dio
en 1921 fue la reapertura del Teatro Variedades, que se
llevo a cabo el sábado 3 de septiembre con la compañía
Perrella, de zarzuelas. Se presento Maruxa, de Vives, con
gran éxito. Era la primera compañía internacional que
llegaba a Guatemala después de los terremotos, y esto
provocó mucho interés entre el público, tanto que las
localidades se agotaban con muchos días de anticipación.
Es de apuntarse que en 1920 había
comenzado a funcionar un nuevo Teatro Abril (en su actual
sitio de la novena avenida y 14 calle), pero no estaba
totalmente terminado, lo que limitaba mucho su utilización
como escenario. No fue sino hasta el año 1926 cuando fueron
concluidas las instalaciones de este teatro y,
consecuentemente, comenzó a trabajar a plenitud; los seis
primeros años fue un edificio dedicado principalmente a la
actividad cinematográfica, que comenzaba a ser parte de la
entretención de los fines de semana. Ahora bien, a partir
1926 el Teatro Abril comenzó a ser el escenario principal de
la actividad teatral de la ciudad de Guatemala; en efecto,
durante los años 1926-30 el Teatro Abril llego a tener la
categoría que años atrás tenía el Colón. En el quehacer
escénico había algún cambio, pues en el Abril actuaban
bastante más grupos nacionales que años atrás en el Colón.
En enero de 1923 Guatemala tuvo la suerte
de ser una de las ciudades que toco en su gira la compañía
de Lola Membrives, de Buenos Aires, en la que el premio
Nobel Jacinto Benavente viajaba como dramaturgo y actor
ocasional. Y esto era pocas semanas después de que el
escritor había sido laureado con el premio (diciembre de
1922). En efecto, la compañía estaba en Argentina, cerca
de Mendoza, cuando el Nobel le fue otorgado al escritor,
quien no fue a Estocolmo a recogerlo, sino que se quedo en
la gira. Las principales obras que se presentaron fueron
Más allá de la muerte, que había sido estrenada en Buenos
Aires en agosto de 1922, y La malquerida, cuyo gran éxito en
Nueva York desde 1920 (presentada allí como The Passion
Flower) fue uno de los factores decisivos a favor del Nobel
para este comediógrafo. Además de las obras presentadas,
el paso de Benavente tuvo la relevancia de que dicto algunas
conferencias, entre las que descolló Las mujeres en la
teatro de Shakespeare. La ausencia de dramaturgos en
Guatemala hizo que la presencia de Benavente no comportase
ningún dialogo ni intercambio de ideas con colegas suyos.
Las administraciones de los presidentes
José María Orellana (1921-26) y Lázaro Chacón (1926-30)
fueron de apoyo a la actividad teatral, no solamente dándole
espaldarazo gubernamental a la presencia de compañías
extranjeras, sino además apoyando a los grupos nacionales,
si bien con subvenciones muy esporádicas. Ambos presidentes
fueron amantes de concurrir a espectáculos teatrales,
especialmente de género lírico ligero, como operetas y
zarzuelas.
A fines de octubre de 1929 se desato una
crisis económica mundial que repercutió en el teatro. En
algunos países incentivó la actividad teatral, pues la gente
tenía más necesidad de distraerse. En Guatemala, sin
embargo, el efecto fue de contracción de la actividad
teatral; ya en 1930 hubo mucho menos actividad que en 1929,
tanto de grupos nacionales como de compañías visitantes. Y
durante los primeros cuatro años (1931-35) de la
administración de Jorge Ubico el quehacer teatral se redujo
casi a cero. Grupos foráneos prácticamente no entraron a
Guatemala, pues el gobierno tomó la medida de prohibirlo
para evitar la salida de divisas, ya que en Guatemala
comenzaba a sentirse la crisis muy fuertemente desde
mediados de 1930. El Teatro Abril que había tenido unos
cuatro años y medio de bastante actividad como escenario,
vario a ser meramente una sala de cine.
Las crisis, claro, no duran por siempre, y
en 1935 se había afirmado ya la forma diseñada por la
administración de Ubico para manejar los efectos en
Guatemala de la crisis económica mundial y, además, se había
afirmado también e l
control político de la administración. Por otra parte, en
1935 se daba una coyuntura cultural doble: por una parte era
el centenario del nacimiento de Justo Rufino Barrios, y, por
otra, era el tricentenario de la muerte de Lope de Vega.
Estas efemérides hicieron que el estado patrocinase algunas
actividades culturales, principalmente certámenes de
literatura. Dentro de este "entusiasmo" gubernamental se
colaron algunas actividades escénicas, aunque de un nivel de
escenificación muy amateur; pero a pesar de su diletantismo
este quehacer escénico fue un estimulo para la creación
literaria; al menos el dramaturgo Manuel Galich se intereso
en esta vía de expresión literaria gracias a que vio subir a
escena sus obras, que fueron representadas muchas veces por
el Grupo Artístico Nacional, mismo que, como atrás se dijo,
nació en abril de 1918 después de los terremotos. Otro
nombre que tiene que citarse es el de María Luisa Aragón,
quien en 1938 estrenó la obra Un loteríazo en plena crisis,
que cada vez que sube a escena es un éxito asegurado de
público, y puede decirse que es la obra guatemalteca que
mayor numero de diferentes montajes ha tenido.
Esta política de un muy tenue apoyo a la
creación artística (al menos de tolerar la creación escénica
siempre y cuando fuese apolítica) se mantuvo casi sin
variaciones importantes hasta la salida del dictador al
final de junio de 1944, y ella permitió que se cultivase una
modestísima actividad escénica; actividad escasa y de
calidad escolar pero que mantuvo el interés y el entusiasmo
entre los aficionados, y esto hizo posible que germinase el
teatro en un contexto político favorable a partir de 1945.
La característica más evidente de los
primeros 45 años de representaciones teatrales en el siglo
XX es que el interés del público se centraba
fundamentalmente en las comedias. Si volvemos nuestra
atención a las temporadas que al comienzo del siglo dieron
las compañías visitantes de Francisco Fuentes y la de
Virginia Fábregas, se puede señalar que siempre sus éxitos
de taquilla fueron las comedias. Puede afirmarse que María
Guerrero tuvo menos éxito de público que Virginia Fábregas
porque el repertorio de su compañía era más centrado en
dramas. Si avanzamos más en el siglo, descubrimos que los
éxitos siguen siendo las comedias, y esto tiene influencia
en la creación de los escritores. Es una característica que
aún hoy (1999) se mantiene vigente.
EL
MOVIMIENTO TEATRAL DE 1959 EN ADELANTE.
SE DA EL
DESPEGUE Y SE CONSOLIDA EL MOVIMIENTO TEATRAL
En la década de los noventas el teatro en
Guatemala ofrece un panorama muy diferente al que ofrecía
años atrás. El teatro en la ciudad de Guatemala tiene ya un
público de muchos millares de personas, lo que hace apenas
20 años se veía como una meta difícil de alcanzar. Además,
ahora hay teatro para estudiantes de nivel medio y abundante
número de grupos de teatro en las provincias. Y es que entre
los años 1959 y 1975 hubo delimitaciones importantes en el
movimiento teatral de la ciudad de Guatemala. Efectivamente,
en ese período se perfilaron grupos y compañías con
intereses diversos que, en consecuencia, se trazaron
objetivos diferentes entre si, y se dedicaron a hacer
distintas clases de teatro. En las páginas siguientes se irá
analizando los distintos estilos de montaje y tipos de
dramaturgia favoritos de los grupos más destacados, así como
el impacto en el público que cada uno de ellos ha
representado. También se hará un breve resumen del teatro
para estudiantes y del teatro en las provincias o
departamentos.
La U.P. y los
escritores nacionales
El más importante de los grupos que
nacieron o que cambiaron objetivos en el lapso de 1948 a
1975 es la Compañía de Arte Dramático de la Universidad
Popular, fundada por Manuel Lisandro Chavez, aunque en un
inicio su nombre fue Grupo Thalía y que se estrenaron en el
salón de actos del instituto Belem, con la obra “Un
americano en Paris”. Durante 16 años Manuel Lisandro
Chavez dirigió esta compañía hasta que decidió retirarse de
dicha institución y deja a su cargo en 1963 a Rubén Morales
Monroy y desde entonces se destaca como un grupo dedicado
primariamente al montaje de piezas de la dramaturgia
nacional. En parte esto es consecuencia de que a partir de
1962 se viene organizando cada año un Festival de Teatro
Guatemalteco, y este evento tiene como eje y como escenario
más destacado al teatro de la Universidad Popular, que es en
donde mayor numero de obras participantes en el festival se
escenifican. Ello es muy comprensible puesto que el director
Rubén Morales Monroy ha sido el motor de este importante
acontecimiento anual.
El Festival de Teatro Guatemalteco comenzó
a tener dicho nombre a partir de 1962, como se dijo arriba,
pero realmente se originó en 1959, cuando se organizo una
Temporada de Autores Jóvenes, organizado por Hugo Carrillo a
su regreso de París, con algún patrocinio estatal a través
de la Dirección General de Bellas Artes. El principal apoyo
estatal fue dar el auditorio del Conservatorio Nacional,
para que las obras se escenificasen allí. En este ciclo
debutaron como dramaturgos algunos de los escritores que más
tarde estarían entre los escritores nacionales más
aplaudidos por el público guatemalteco. La temporada comenzó
con dos obras en un acto de Manuel José Arce, El profeta y
Orestes. Siguió con La piedra en el pozo, de Ligia Bernal, y
termino con La calle del sexo verde, de Hugo Carrillo.
De entre estas cuatro obras las que tuvieron más comentarios
tanto de boca en boca como en la prensa fueron El profeta y
La calle del sexo verde. Y ambas fueron polémicas dentro del
mundo teatral y periodístico, como adelante se vera.
El profeta de Arce presenta el caso de una
conspiración cuyo líder es un agente de la policía secreta.
La trama de esta pieza es que unos conspiradores han
intentado matar a un dictador de un bombazo, pero han
fracasado, y se hallan sitiados en su escondite; el final
ocurre cuando este personaje (el profeta) dirige un suicidio
colectivo pero, naturalmente, el queda vivo. Su misión de
neutralizar al grupo había sido cumplida a cabalidad. Con
esta obra comenzó la reputación de Arce como escritor
conflictivo y polémico. Algunas personas quisieron ver en la
conspiración presentada en la obra el episodio de la bomba
contra el dictador Manuel Estrada Cabrera, pero Arce siempre
dijo que su obra presentaba una situación de carácter
general, y que no estaba vinculada a hechos históricos
singulares y concretos.
En cuanto a la obra de Hugo Carrillo, La
calle del sexo verde, debe apuntarse que fue la obra de
mayor éxito en cuanto a número de espectadores y también en
cuanto a los aplausos que arrebataba. Su éxito se debió a lo
novedoso de los temas y a lo idóneo del montaje. En efecto,
la puesta en escena estuvo bajo la dirección del propio
autor y estuvo muy bien lograda plásticamente. La obra esta
armada con tres historias: una relacionada con el tema del
aborto y dos de perversión de menores (una de las historias
de carácter homosexual y la otra heterosexual). El estilo de
la obra ha sido catalogado como "esperpéntico" y grotesco.
En aquel año de su estreno, esta pieza despertó algunos
comentarios desfavorables, de corte moralista; se ha vuelto
a montar algunas veces, y ha tenido, ya, una aceptación
mucho más generalizada.
La presencia de autores nacionales en un
escenario guatemalteco no quedo aquel año con las obras de
estos jóvenes; también se hicieron montajes de obras de
escritores ya famosos, pues se escenifico El tren amarillo,
de Manuel Galich, y La audiencia de los confines, de Miguel
Ángel Asturias. De entre estas dos obras, la de Galich tuvo
una acogida mucha más entusiasta por parte del público;
probablemente esto se debió a que la temática anti
norteamericana era en aquel momento un asunto mucho más
atrayente que los conflictos entre encomenderos y fray
Bartolomé de Las Casas que Asturias pinta en La Audiencia.
Otro factor que puede haber motivado que la pieza de Galich
tuviese más éxito es que su puesta en escena estuvo mucho
mejor lograda. Ambos montajes fueron producidos por Luis
Domingo Valladares; la obra de Asturias la dirigió el propio
Valladares, mientras que El tren amarillo fue el debut de
Rubén Morales Monroy como director. Su éxito en esta tarea
le valió que la Dirección General de Bellas Artes lo becase
a México por año y medio (1960-61), y que en 1962 volviese a
dirigir El tren amarillo.
Desde entonces Rubén Morales se ha
especializado en dirigir obras de Galich. La Compañía de
Arte Dramático de la U.P. se ha focalizado en el teatro de
este escritor (cuyo nombre lleva la sala desde 1986, Teatro
Manuel Galich) y de otros dramaturgos guatemaltecos como
Carlos Solórzano, Víctor Hugo Cruz, María del Carmen
Escobar, María Luisa Aragón, Ligia Bernal, Ernesto Mérida,
Augusto Medina, Carlos Menkos, Adolfo Drago Braco, Miguel
Marsicovétere, Alberto de la Riva, Enrique Wyld, Carlos
García Urrea, Carlos Alfredo Chamier, René García Mejía y
Manuel José Arce y Hugo Carrillo, de quienes ya se hablo
arriba.
En
cuanto a técnica y manera de escenificar, los montajes
dirigidos por Rubén Morales Monroy siempre se han
caracterizado por un estilo muy definido, una especie de
realismo popular. Esto puede estar vinculado al hecho
biográfico de que este director estuvo becado en México en
1960-61, y en este lapso -que es importante en su formación
artística- en dicha ciudad se daba un cierto predominio de
un estilo de montaje que realísticamente recreaba en escena
las características de vida cotidiana de la clase media baja
y de los sectores menesterosos. Al volver a Guatemala
Morales Monroy hizo suyo dicho estilo, y dentro de tales
parámetros ha venido desenvolviéndose con mucho acierto. Es
un director que tiene asegurado un público, aunque debe
apuntarse que algunos sectores lo critican por mantener
atado el estilo de teatro de la Compañía de Arte Dramático
de la U.P. a este tipo de realismo que reproduce en escena
el hábitat y la cotidianeidad de la gente sin poder
adquisitivo y de escolaridad reducida. Es un tipo de teatro
que muchos llaman costumbrista, pero esta clasificación
puede resultar muy estrecha para conceptualizar al tipo de
teatro que hace Morales Monroy, dado que este director no se
limita meramente a montar obras "de costumbres"; y, además,
su estilo transciende los limites del teatro costumbrista
(aunque conserva algunos de sus rasgos). Puede decirse que
lo fundamental del tipo de teatro dirigido por Morales
Monroy es recrear la vida de la gente pobre, aunque el
asunto de la obra montada vaya más allá de narrar, de
reproducir, costumbres en el escenario.
En cuanto al impacto o presencia que tiene
el quehacer teatral de la U.P. en la ciudad de Guatemala
debe señalarse que es la compañía que tiene el público más
numeroso y más constante. Este hecho se debe a cuatro
factores: 1) Que tiene un teatro propio; 2) Que es el grupo
de teatro con actividad constante más antiguo que hay; 3)
Que tiene una escuela que continuamente la nutre de nuevos
elementos. Este factor es importante en tanto que permite la
renovación del elenco y, además, hace posible el montaje de
obras que requieren mucha gente es escena, característica
que pone a este grupo en ventaja frente a otros. Y, 4) Que
monta un tipo de teatro de comprensión fácil para el grueso
de la población, en tanto que los asuntos de las obras son
fácilmente identificables y, además, los montajes son
claros, directos, realistas.
Los autores guatemaltecos pueden agruparse
en dos líneas: 1) escritores de teatro político, y 2)
escritores de teatro costumbrista. Como autores de teatro
político los más importantes son, a saber: Manuel Galich,
Manuel José Arce y Hugo Carrillo. Entre los autores
costumbristas del repertorio de la U.P. la figura más
destacada es María del Carmen Escobar.
El escritor más frecuentemente
escenificado en la U.P. es Manuel Galich, cuyo nombre
ostenta el teatro a partir de 1986. Sus obras que mayor
público han atraído son El tren amarillo, Pascual Abaj, El
pescado indigesto y Su ultimo cargo. Inmediatamente le sigue
Hugo Carrillo, cuya teatralización de la novela El señor
presidente de Miguel Ángel Asturias, que se estreno en
montaje dirigido por Rubén Morales Monroy, en 1974 y siguió
en temporada en 1975, constituyo el hito de haber
sobrepasado las 250 funciones; algo que no había ocurrido en
el teatro guatemalteco. Sebastián sale de compras, de Manuel
José Arce, estrenada en 1971, en un montaje muy aclamado del
grupo "Axial 9-70", bajo dirección de Manuel Fernández y
Raúl Carrillo, también constituyo un éxito de público sin
precedentes, pues por función hubo siempre una sobreventa de
un 66 sobre la capacidad del teatro; fenómeno que nunca
antes se había dado.
En cuanto al corte político de estos
autores, ha de señalarse que Galich y Arce tienen un
posición "nacionalista", especialmente en el sentido de
estar en contra de la intervención e, incluso, de la
presencia de intereses económicos y políticos de potencias
imperiales. Los dos están en contra de gobiernos de corte
milita rista. Y ambos llegan en alguna de sus obras a
manejar claves interpretativas de corte marxista; Galich en
El pescado indigesto y Arce en Delito, condena y ejecución
de una gallina (obra que no fue montada por la U.P., sino
estrenada por la Compañía Nacional de Teatro en 1969). Hugo
Carrillo, en cambio, no ha escrito obras cuyo asunto central
sea la denuncia de intereses extranjeros, ni tiene conceptos
marxistas. Podría decirse que es de una izquierda de corte
romántico; especialmente en El corazón del espantapájaros,
que además de su versión de El señor presidente, es su obra
más política. El tipo de montaje que estos tres escritores
reclaman para la mayoría de sus piezas es de corte
brechtiano; es decir que al público se le hace
sobre-evidente que esta en el teatro, especialmente mediante
el uso de máscaras, canciones, tipo de escenografía, y otros
recursos circenses y de revista musical. Estos son los tres
autores de teatro político que más frecuentemente monta la
U.P.; debe recordarse, sin embargo, que hay varios otros,
como Víctor Hugo Cruz y Manuel Corleto, que tienen obras que
han sido muy bien acogidas por el público; del primero de
ellos cabe mencionar El benemérito pueblo de Villabuena, y
de Manuel Corleto su principal obra de este tipo ha sido Por
los cerros de Ilom (un tanto basada en Hombres de maíz de
Asturias).
En cuanto a la dramaturgia costumbrista
hay que señalar que La gente del palomar, de María del
Carmen Escobar, ha sido uno de los éxitos de temporada más
importantes de esta compañía. Es una pieza que retrata la
vida y el ambiente en una de esas casas grandes en donde se
alquilan cuartos para que familias enteras vivan en ellos.
La obra en si misma es de corte melodramático, y los varios
montajes que Rubén Morales ha dirigido de ella han sido
siempre muy afortunados, dentro de un estilo muy realista
que combina perfecta mente con el tipo de dramaturgia de la
pieza. Varias actrices que constituyen las "estrellas" de la
U.P. se destacaron en esta obra; cabe mencionar a Rosa
Rodríguez Marroquín y a Carmen Solís Gallardo.
Otras obras que tienen corte costumbrista
-aunque también podrían catalogarse meramente como comedias-
son La Rafaila de Alberto de La Riva y Loteríazo en plena
crisis, de María Luisa Aragón. Ambas piezas fueron
estrenadas originalmente a finales de la década de 1920 y
hacia mediados de los años 30s., respectivamen te. Cuando
han sido remontadas por la U.P. estas obras han tenido una
acogida muy buena entre el público.
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